#Opinión Yuri Knórozov, el ruso que decifró el código maya

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 Entre las decenas de miles de soldados de Stalin que avanzaban sobre Berlín en abril de 1945, marchaba un joven de 21 años que tocaba el violín y era asiduo lector de las aventuras de Sherlock Holmes. Descrito como excéntrico y brillante, con una curiosidad innata por el conocimiento, no era un soldado común. Además de su gusto por la música, tenía facilidad para el dibujo y para los idiomas, sabía leer árabe, chino y griego.

Como muchos otros jóvenes, Yuri Valentinovich Knórosov había dejado su vida cotidiana enterrada en la Unión Soviética para incorporarse a la “”gran guerra patriótica”” contra los nazis. Sus esperanzas de regresar con vida del frente alemán eran muy escasas. En los últimos días de abril, antes de la caída de Berlín, el joven intelectual encontró un respiro dentro de la Biblioteca Nacional que ardía en llamas.

Entre el caos y la destrucción, Yuri logró rescatar un par de obras que cambiarían su vida: Relación de las cosas de Yucatán de fray Diego de Landa y una edición facsimilar de Los códices mayas. El 2 de mayo de 1945 la bandera de la hoz y el martillo ondeó por todo lo alto del Reichstag alemán.

Yuri Knórosov regresó a Rusia en la segunda mitad de 1945 con su peculiar botín de guerra. Por entonces no tenía en mente adentrarse en el conocimiento de la escritura maya; el rescate de las dos obras no obedecía a un proyecto planteado con antelación, respondió más a un reto intelectual. En 1947 su maestro, el arqueólogo Serguei Tokarev le dio un artículo del mayista alemán Paul Schellhas, titulado “”El desciframiento de las escrituras mayas ¿un problema insoluble? y le dijo: “”Si crees que cualquier sistema de escritura producido por seres humanos pueden leerlo otros seres humanos, ¿por qué no tratas de leer los jeroglíficos mayas?””.

Yuri comenzó por aprender español. Lo que conoció de México y particularmente de Yucatán fue exclusivamente a través de libros y documentos. En tiempos de la guerra fría, bajo el ocaso del stalinismo, inmerso en una sociedad desconfiada, acostumbrada a la delación, Knórosov jamás tuvo oportunidad de salir de la Unión Soviética para viajar a México; no conoció personalmente las inscripciones, las esculturas, las estelas ni las grandes ciudades mayas. Su investigación la realizó dentro de las cuatro paredes de su oficina en Leningrado y ahí descubrió el código fonético de la escritura jeroglífica maya.

“”Gracias a la irrupción de Knórosov en la epigrafía maya -escribió Michael D. Coe-, podemos ahora oír los glifos mayas antiguos como los escribas los escribieron, y no interpretarlos como sordos patrones visuales. El triunfo mayor de Knórosov reside en la demostración de que los escribas mayas pudieron, y con frecuencia lograron, escribir silábicamente concibiendo cada glifo como una consonante seguida de una vocal. La mayoría de las palabras mayas son de una sola sílaba hecha de una combinación consonante-vocal-consonante. Solían estar escritas generalmente con dos glifos, pero la vocal del segundo glifo no se pronunciaba. El fundamento de la propuesta de Knórosov es su ‘principio de sinarmonía’, de acuerdo con el cual la segunda vocal muda de estas combinaciones repite a menudo la vocal del primer glifo. Así, la palabra para nombrar al pájaro quetzal es el monosílabo kuk, aunque se escribía con dos glifos ku, y se suprimía el sonido de la segunda u””.

Yuri llegó a la conclusión de que el “”alfabeto jeroglífico”” contenido en la obra de fray Diego de Landa era sin más, un silabario y lanzó su tesis en la revista Etnografía Soviética en 1952 -tan sólo 7 años después de regresar de la guerra-. Su descubrimiento fue aceptado mundialmente hasta la década de 1970; su interpretación del alfabeto de fray Diego de Landa ha sido equiparado al descubrimiento de la piedra Roseta que facilitó la clave para descifrar los jeroglíficos egipcios.




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